Cuando apareció Yo, al principio me pareció inútil. Solo podías mandar un 'Yo'. Después entendí el interés de esa sencillez: a veces un mensaje no necesita explicación si emisor y receptor saben de antemano qué significa la señal.
El contexto da utilidad al aviso
En mi artículo original cité ejemplos del fundador Or Arbel. Un amigo puede decir que quiere quedar. Un colega puede anunciar una pausa. Una tienda puede avisar de que un pedido está listo. La palabra es casi la misma, pero el acuerdo previo determina el significado. Sin ese acuerdo, una notificación desnuda resulta confusa.
En una empresa hay otra condición: las personas deben escoger qué señales recibir. Una actualización de un pedido esperado puede ser útil. Un aviso por cualquier oferta se parece enseguida a publicidad. La sencillez solo funciona cuando el destinatario tiene control y conoce el propósito.
Una idea de su época
Los números de usuarios, la inversión y las tiendas de aplicaciones que citaba hace años son datos históricos, no motivos para instalar Yo ahora. Uso el caso para mostrar un principio de diseño. Ante cada aviso, pregunta: ¿debe ser una notificación, qué puede hacer quien la recibe y se entiende sin explicaciones? A veces basta una señal acordada. A menudo es mejor el silencio.