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De vuelta a la vida real

El año pasado silencié a todas las personas que seguía en las redes sociales. Eso me ayudó a pasar menos tiempo con el móvil y a sentirme más tranquilo. Pero seguía abriendo Instagram, así que decidí dejar de usarlo.

No exagero cuando digo que entraba más de 100 veces al día. ¿Con qué frecuencia lo abres tú?

Cuando me aburría en Bali, recurría una y otra vez a una dosis de dopamina de las redes sociales para distraerme de la soledad. Fue entonces cuando empezó a desagradarme la aplicación.

Presumir

Empecé a sentir que algunas personas aprovechaban las vacaciones para presumir, en vez de explorar y disfrutar. Ver esos momentos cuidadosamente escogidos me hacía comparar mi vida con la suya y alimentaba mi FOMO. Me resultaba estresante y a veces me provocaba ansiedad. Las investigaciones también sugieren que el uso excesivo de las redes sociales puede afectar a tu salud mental.

Además, gran parte del contenido de Instagram me parecía superficial. En Twitter, en cambio, aprendía de las cuentas que sigo.

Un propósito

Desactivar las notificaciones y silenciar a la gente no fue suficiente para mí. Instagram seguía dándome motivos para entrar.

Incluso después de silenciar a alguien, podía ver sus historias. Entonces también buscaba nuevos «me gusta» o seguidores. Al final, borré la aplicación del móvil.

A mí me funcionó. Llevo meses sin entrar. Quizá me haya perdido decenas de fotos de bebés muy parecidas y selfis de conocidos en festivales. No me importa.

Todavía uso Instagram para subir fotos que puedo insertar en las entradas de mi blog. Ese es el único propósito que tiene para mí ahora.

https://twitter.com/LifeMathMoney/status/1206854048789348352

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